lunes, 29 de junio de 2009

Goodbye The King Of Pop

El Rey de Pop, Michael Jackson, a pesar de las controversias, sus problemas con la Ley y lo demas.

Todos los fanaticos de Michael Jackson, desde que se hizo famoso con sus hermanos, y para quienes nacimos a finales de los 70's y principio de los 80's todos hemos oido por lo menos una cancion de este gran artista, desde aqui si bien no eramos muy fanaticos de este artistas reconocemos, que el era el verdadero Rey de Pop, el fue quien sorprendio a todos, ya sea con el famoso MoonWalk, o el video o mejor dicho el pequeño corto para la cancion Thriller y no habra otro como el, si bien Michael Jackson, murio, pero murio el hombre, pero nacio la Leyenda, el Rey de Pop vivira por siempre ya no importar su vida, la mejor manera de recordar a este gran artista es por su musica.

viernes, 19 de junio de 2009

Feliz Aniversario

Feliz Aniversario, para ese ser quien me ha llenado ese espacio en mi corazon, para ti y espero que duremos mucho tiempo.

Mientras me hablabas y yo te miraba,
se detuvo el tiempo en medio instante:
el amor me llamaba y yo le obedecía.
Mientras me susurrabas y yo te amaba,
se alzaron los sentimientos,
mandó tu voz,
el cielo se hizo visible en tus ojos,
y yo pronuncié el querer en tus labios
.

http://poemasdeamor.org/poemas1.htm

lunes, 15 de junio de 2009

Por fans y para Fans

The Hunt For Gollum o La Caza de Gollum es un proyecto muy interensate sobre una aventura en la Tierra Media, ubicaba después de los sucesos de El Hobbit y antes de El Señor de los Anillos, en lo persona me encanto, y demuestra que una película con un buen guion y una buena dirección se puede lograr muchos les dejos los 4 vídeos que en Youtube se encuentra y les dejo el sitio Web Oficial de este interesantes proyecto.

The Hunt For Gollum Movie Web Side Oficial


The Hunt For Gollum/La Caza de Gollum (Sub Español) parte 1/4

The Hunt For Gollum/La Caza de Gollum (Sub Español) parte 2/4

The Hunt For Gollum/La Caza de Gollum (Sub Español) parte 3/4

The Hunt For Gollum/La Caza de Gollum (Sub Español) parte 4/4

lunes, 8 de junio de 2009

Angeles y Demonios: Libro vs Pelicula parte 2

.:IX:.En la película el cardenal encargado de llevar el conclave es de apellido Strauss, pero en la novela su apellido es Mortati.

.:X:.En la película el cardenal Strauss (Mortati) es elegido como el Camarlengo de el nuevo Papa pero en la novela Mortati (Strauss) es elegido Papa y de esto ahí una pista en el capitulo 135 en la parte final que dice.

…“—Sí. Doy gracias a Dios por estas pequeñas bendiciones.

—El Colegio insistió en que usted era elegible.

—Parece que la caridad no ha muerto en la Iglesia.

—Es usted un hombre sabio. Nos guiaría bien.

—Soy un anciano. Los guiaría poco tiempo.

Ambos rieron”...

Pero en el capitulo siguiente 136 se confirma esto.

…“—En directo desde la Ciudad del Vaticano —anunció Glick—, Gunther Glick. —Dedicó a la cámara una mirada solemne, mientras el humo blanco de la Capilla Sixtina se elevaba detrás de él—. Damas y caballeros, ya es oficial. El cardenal Saverio Mortati, un progresista de setenta y nueve años, acaba de ser elegido Papa. Pese a ser un can­didato improbable, Mortati fue elegido por unanimidad, algo que no tiene precedentes”...


.:XI:.En la película el Camarlengo, le explicar a Vittoria que cuando era más joven sus padres murieron y que el antiguo Papa lo adopto pero en la novela el Papa es el padre biologico de Camarlengo como lo explicar Mortati en el capitulo 133.

…“—El Papa tenía un hijo.

El camarlengo habló sin pestañear. Cinco solitarias y asombrosas palabras. Dio la impresión de que los reunidos se encogían al uníso­no. Las expresiones acusadoras dieron paso a miradas de estupor, como si todas las almas presentes en la estancia se encontraran ro­gando a Dios que el camarlengo estuviera equivocado.

El Papa tenía un hijo.

Langdon sintió que la onda de choque también le alcanzaba a él. La mano de Vittoria, que apretaba la suya, se agitó, mientras su men­te, ya aturdida por las numerosas preguntas sin respuesta, se esforza­ba por encontrar un centro de gravedad.

Era como si la afirmación del camarlengo fuera a flotar eterna­mente en el aire. Langdon distinguió en los ojos alucinados del sacer­dote la convicción más absoluta. Langdon quiso zafarse, decirse que estaba perdido en una grotesca pesadilla, despertar cuanto antes en un mundo lógico.

—¡Eso es mentira! —gritó un cardenal.

—¡No lo creo! —protestó otro—. ¡Su Santidad era el hombre más devoto del mundo!

Fue Mortati quien habló a continuación con voz devastada.

—Amigos míos, lo que dice el camarlengo es cierto. —Todos los cardenales giraron en redondo hacia Mortati, como si acabara de gri­tar una obscenidad—. El Papa tenía un hijo.

Los cardenales palidecieron de horror.

El camarlengo parecía estupefacto.

—¿Usted lo sabía? Pero... ¿cómo?

Mortati suspiró.

—Cuando Su Santidad fue elegido, yo fui el Abogado del Diablo.

Se oyó una exclamación ahogada colectiva.

Langdon comprendió. Esto significaba que la información debía ser cierta. El infame «Abogado del Diablo» era la autoridad en lo re­ferente a información escandalosa en el Vaticano. Los secretos de fa­milia de un Papa eran peligrosos, y antes de las elecciones se llevaban a cabo investigaciones minuciosas sobre el pasado del candidato, y el responsable era un solo cardenal, que hacía las veces de «Abogado del Diablo», el individuo responsable de desenterrar razones sufi­cientes para impedir que un cardenal llegara a Papa. El Papa gober­nante elegía al Abogado del Diablo antes de su muerte. El Abogado del Diablo nunca revelaba su identidad. Nunca.

—Yo era el Abogado del Diablo —repitió Mortati—. Así fue cómo lo descubrí.

Los cardenales se quedaron boquiabiertos. Por lo visto, ésta era la noche en que todas las reglas quedaban hechas añicos.

El camarlengo Carlo Ventresca sintió que su corazón se henchía de rabia.

—Y usted... ¿no se lo dijo a nadie?

—Interrogué a Su Santidad —dijo Mortati—. Y confesó. Expli­có toda la historia y sólo pidió que me dejara guiar por mi conciencia cuando decidiera si debía revelar o no su secreto.

—¿Su corazón le aconsejó callar la información?

—Era el candidato favorito. La gente le quería. El escándalo ha­bría perjudicado muchísimo a la Iglesia.

—¡Pero tenía un hijo! ¡Quebrantó el sagrado voto de celibato! —El camarlengo estaba chillando. Oía la voz de su madre. Una pro­mesa a Dios es la promesa más importante de todas. Nunca quebrantes una promesa hecha a Dios—. ¡El Papa rompió su juramento!

Mortati parecía delirante de angustia.

—Carlo, su amor... fue casto. No había quebrantado sus votos. ¿No te lo explicó?

—¿Explicar qué?

El camarlengo recordó que había salido corriendo del despacho del Papa, mientras éste le llamaba. ¡Déjame que te explique!

Poco a poco, con tristeza, Mortati contó la historia. Muchos años antes, el Papa, cuando era un simple sacerdote, se había enamo­rado de una joven monja. Los dos habían tomado el voto de castidad, y ni siquiera habían considerado la posibilidad de romper su com­promiso con Dios. Aun así, cuando su amor aumentó, si bien eran ca­paces de resistir las tentaciones de la carne, se descubrieron desean­do algo que no esperaban, participar en el supremo milagro de la Creación de Dios: un hijo. El hijo de ambos. El anhelo, sobre todo por parte de ella, era abrumador. Pese a todo, Dios estaba antes que nada. Un año después, cuando la frustración había alcanzado pro­porciones casi insufribles, ella fue a verle, muy entusiasmada. Había leído un artículo acerca de un nuevo milagro de la ciencia, un proce­so mediante el cual dos personas, sin mantener relaciones sexuales, podían tener un hijo. Presentía que era una señal de Dios. El sacer­dote vio la felicidad en sus ojos y asintió. Un año después, ella tuvo un hijo mediante el milagro de la inseminación artificial.

—Esto no puede... ser verdad —dijo el camarlengo, presa del pánico, con la esperanza de que la morfina estuviera nublando sus sentidos. Estaba oyendo cosas, de eso no cabía duda.

Había lágrimas en los ojos de Mortati.

—Carlo, ésa es la explicación de que Su Santidad siempre tuvie­ra afecto por la ciencia. Pensaba que estaba en deuda con la ciencia. La ciencia le permitía disfrutar de las alegrías de la paternidad sin romper el voto de castidad. Su Santidad me dijo que no lamentaba nada, excepto una cosa: que su elevado rango en la Iglesia le prohi­biera estar con la mujer a la que amaba y ver crecer a su hijo.

El camarlengo Carlo Ventresca sintió que la locura se adueñaba de él una vez más. Tuvo ganas de desgarrarse la carne. ¿Cómo iba a sa­berlo?

—El Papa no cometió ningún pecado, Carlo. Era casto.

—Pero... —El camarlengo buscó algo de racionalidad en su mente angustiada—. Piense en el peligro... de sus actos. —Su voz era débil—. ¿Y si su puta revelara el secreto? ¿O su hijo, Dios no lo per­mita? Imagine la vergüenza que recaería sobre la Iglesia.

—El hijo ya ha revelado la información —dijo Mortati con voz temblorosa.

Todo el mundo contuvo la respiración.

—¿Carlo...? —Mortati se derrumbó—. El hijo de Su Santi­dad.. . eres tú.

En aquel momento, el camarlengo sintió que el fuego de la fe se apagaba en su corazón. Se mantuvo inmóvil y tembloroso en el altar, enmarcado por el juicio final de Miguel Ángel. Supo que había vis­lumbrado el infierno. Abrió la boca para hablar, pero sus labios se agitaron sin emitir sonidos.

—¿No lo entiendes? —preguntó Mortati con voz estrangula­da—. Por eso Su Santidad fue a verte al hospital de Palermo cuando eras pequeño. Por eso te adoptó y educó. La monja a la que amaba era María, tu madre. Abandonó el convento para educarte, pero nun­ca renunció a su estricta devoción a Dios. Cuando el Papa se enteró de que había muerto en una explosión, y de que tú, su hijo, habías so­brevivido milagrosamente, juró a Dios que nunca volvería a dejarte solo. Tus dos padres eran vírgenes, Carlo. Fueron fieles a sus votos. Aun así, encontraron una forma de traerte al mundo. Tú fuiste su hijo milagroso.

El camarlengo se tapó los oídos para no tener que escuchar las palabras. Estaba paralizado en el altar. Después, desposeído de su mundo, cayó de rodillas y emitió un aullido de angustia”…


.:XII:.Aparente, quien adapto la novela, y escribió el guio no le dio importancia a Maximilian Kohler, cuando en la novela es Kohler quien llamar a Langdon, es quien se encarga de enviar a vitoria y a Robert a Roma, es el quien descubre la verdad a través de el diario de padre de Vittoria como se ve en el capitulo 129

…“Sin decir palabra, Langdon caminó hasta la parte delantera de la capilla. Vittoria Vetra también entró. Después, lo hicieron dos guar­dias, que empujaban un carrito sobre el que descansaba un televisor de gran tamaño. Langdon esperó a que lo enchufaran, de cara a los cardenales. Después indicó con un gesto a los guardias que salieran. Cerraron la puerta a su espalda.

Sólo quedaron Langdon, Vittoria y los cardenales. Langdon en­chufó la videocámara a la televisión. Después apretó el botón de re­producción.

La pantalla del televisor cobró vida.

La escena que se materializó ante los cardenales reveló el despa­cho del Papa. El vídeo había sido filmado con torpeza, como si la cá­mara estuviera oculta. El camarlengo se erguía en el centro de la pan­talla, frente al fuego. Si bien daba la impresión de hablar a la cámara, pronto fue evidente que estaba hablando a alguien, la persona que es­taba rodando el vídeo. Langdon les dijo que la cinta la había grabado Maximilian Kohler, director del CERN. Tan sólo una hora antes, Kohler había grabado en secreto esta reunión con el camarlengo gra­cias a esta minicámara montada bajo el brazo de su silla de ruedas.

Mortati y los cardenales miraban perplejos. Aunque la conversa­ción ya había empezado, Robert Langdon no se molestó en rebobi-nar. Por lo visto, lo que deseaba que vieran los cardenales venía a con­tinuación...

«¿Leonardo Vetra llevaba un diario? —estaba diciendo el ca­marlengo—. Supongo que es una buena noticia para el CERN. Si el diario contiene el proceso de creación de la antimateria...»

«No —dijo Kohler—. Le tranquilizará saber que ese procedi­miento murió con Leonardo. Sin embargo, ese diario hablaba de otra cosa. De usted.»

El camarlengo dio muestras de perplejidad.

«No le entiendo.»

«Describía una reunión que Leonardo celebró el mes pasado. Con usted.»

El camarlengo vaciló, y luego miró hacia la puerta.

«Rocher no tendría que haberle dejado pasar sin consultar antes conmigo. ¿Cómo ha entrado aquí?»

«Rocher sabe la verdad. Le llamé antes y le conté lo que usted había hecho.»

«¿Qué he hecho? No sé qué historias le contó, pero Rocher es un Guardia Suizo y fiel a esta Iglesia para creer a un científico amar­gado antes que a su camarlengo.»

«De hecho, es demasiado fiel para no creer. Es tan fiel que, pese a las pruebas de que uno de sus leales guardias traicionó a la Iglesia, se negó a aceptarlo. Durante todo el día ha estado buscando otra ex­plicación.»

«Y usted le proporcionó una.»

«La verdad. Por estremecedora que fuera.»

«Si Rocher le hubiera creído me habría detenido.»

«No. Yo no se lo permití. Le ofrecí mi silencio a cambio de este encuentro.»

El camarlengo soltó una extraña carcajada.

«¿Piensa chantajear a la Iglesia con una historia que nadie creerá?»

«No tengo necesidad de chantajearla. Sólo quiero oír la verdad de sus labios. Leonardo Vetra era amigo mío.»

El camarlengo no dijo nada. Se limitó a mirar a Kohler.

«A ver qué le parece esto —dijo el director del CERN con brus­quedad—. Hará cosa de un mes, Leonardo Vetra se puso en contac­to con usted para solicitar una audiencia urgente con el Papa, au­diencia que usted le concedió, porque el Papa era un admirador del trabajo de Leonardo y porque Leonardo dijo que se trataba de un asunto urgentísimo.»

El camarlengo se volvió hacia el fuego. No dijo nada.

«Leonardo vino al Vaticano con gran secreto. Estaba traicionan­do la confianza de su hija al hacerlo, un hecho que le preocupaba pro­fundamente, pero pensaba que no tenía otra alternativa. Sus investi­gaciones le habían provocado un gran conflicto interior y necesitaba la guía espiritual de la Iglesia. En una reunión privada, les dijo a us­ted y al Papa que había hecho un descubrimiento científico de pro-

fundas implicaciones religiosas. Había demostrado que el Génesis era posible desde un punto de vista físico, y que intensas fuentes de ener­gía, lo que Vetra llamaba Dios, podían repetir el momento de la Crea­ción.»

Silencio.

«El Papa se quedó estupefacto —continuó Kohler—. Quería que Leonardo hiciera pública la noticia. Su Santidad opinaba que ese descubrimiento quizá podría salvar el abismo que separaba la ciencia de la religión, uno de los sueños del Papa. Después, Leonardo les ex­plicó la parte negativa del descubrimiento, el motivo que le impulsa­ba a pedir la guía de la Iglesia. Al parecer, su experimento de la Crea­ción, tal como predice la Biblia, lo producía todo a pares. Opuestos. Luz y oscuridad. Vetra descubrió que, aparte de crear materia, crea­ba también antimateria. ¿Sigo?»

El camarlengo guardó silencio. Se inclinó y removió las brasas.

«Después de la visita de Leonardo —dijo Kohler—, usted fue al CERN a ver su trabajo. El diario de Leonardo revela que usted visitó en persona su laboratorio.»

El camarlengo alzó la vista.

Kohler prosiguió.

«El Papa no podía desplazarse sin llamar la atención de los me­dios de comunicación, de modo que le envió a usted. Leonardo le ofreció una visita secreta a su laboratorio. Le mostró la destrucción de antimateria, el Big Bang, el poder de la Creación. También le en­señó una muestra grande que guardaba bajo llave, como prueba de que este nuevo proceso podía producir antimateria a gran escala. Us­ted se quedó sorprendido. Volvió al Vaticano e informó al Papa de lo que había presenciado.»

El camarlengo suspiró.

«¿Y qué es lo que le parece mal? ¿Acaso cree que debería haber respetado la confianza de Leonardo y haber fingido ante el mundo entero esta noche que no sabía nada de la antimateria?»

«¡No! ¡Lo que me me parece mal es que Leonardo Vetra de­mostró en la práctica la existencia de su Dios, y usted ordenó asesi­narle!»

El camarlengo se volvió, con semblante inexpresivo.

El único sonido que se oyó fue el crepitar del fuego.

De repente, la cámara se agitó, y el brazo de Kohler apareció en pantalla. Se inclinó hacia adelante, como si se debatiera con algo su­jeto bajo la silla de ruedas. Cuando volvió a reclinarse, sostenía una pistola. El ángulo de la cámara era escalofriante, enfocaba desde atrás... siguiendo la pistola que apuntaba... al camarlengo.

«Confiese sus pecados, padre —dijo Kohler—. Ahora.»

El sacerdote parecía sorprendido.

«Nunca saldrá vivo de aquí.»

«La muerte será un alivio bienvenido de la desdicha en que su fe me ha sumido desde la infancia. —Kohler sostenía la pistola con am­bas manos—. Le dejaré elegir. Confiese sus pecados... o dispóngase a morir ahora mismo.»

El camarlengo miró hacia la puerta.

«Rocher está fuera —le desafió Kohler—. Él también está dis­puesto a matarle.»

«Rocher ha jurado proteger a la...»

«Rocher me ha dejado entrar. Armado. Sus mentiras le dan asco. Tiene una sola opción. Confiese. He de oírlo de sus propios la­bios.»

El camarlengo titubeó.

Kohler amartilló la pistola.

«¿De veras duda de que voy a matarle?»

«Diga lo que diga —contestó el camarlengo—, un hombre como usted nunca lo entenderá.»

«Pruebe.»

El sacerdote permaneció inmóvil un momento, una silueta do­minante a la tenue luz del fuego. Cuando habló, sus palabras resona­ron con una dignidad más adecuada a una declaración de altruismo que a una confesión.

«Desde el principio de los tiempos —dijo—, esta Iglesia ha combatido contra los enemigos de Dios. A veces con palabras. Otras con espadas. Y siempre hemos sobrevivido.»

El camarlengo irradiaba convicción.

«Pero los demonios del pasado —continuó— eran demonios de fuego y abominación... Eran enemigos a los que podíamos hacer

frente, enemigos que inspiraban miedo. Pero Satanás es taimado. A medida que transcurría el tiempo, cambió su faz diabólica por un nuevo rostro, el rostro de la razón pura. Transparente e insidioso, pero carente de alma al mismo tiempo. —La voz del camarlengo se tiñó de ira, una transición casi demoníaca—. Dígame, señor Kohler, ¿cómo puede la Iglesia condenar lo que nuestras mentes consideran lógico? ¿Cómo podemos censurar lo que constituye los mismísimos cimientos de nuestra sociedad? Cada vez que la Iglesia alza su voz para advertir a la humanidad, ustedes nos llaman ignorantes. Para­noicos. ¡Controladores! Así se esparce su maldad. Cubierta por un velo de intelectualismo justiciero. ¡Se multiplica como un cáncer! Santificado por los milagros de su tecnología. ¡Deificándose! Hasta que ya sólo se puede sospechar de ustedes que son la bondad perso­nificada. La ciencia ha venido a salvarnos de nuestras enfermedades, del hambre y el dolor. Contemplad la Ciencia: el nuevo Dios de ince­santes milagros, omnipotente y benevolente. Haced caso omiso de las armas y el caos. Olvidad la soledad fracturada, el peligro incesante. ¡La ciencia está aquí! —El camarlengo avanzó hacia la pistola—. Pero yo he visto el rostro de Satanás al acecho... Yo he visto el peli­gro...»

«¿De qué está hablando? ¡La ciencia de Vetra demostró en la práctica la existencia de su Dios! ¡Era su aliado!»

«¿Aliado? ¡La ciencia y la religión no están juntas en esto! ¡Us­ted y yo no buscamos al mismo Dios! ¿Quién es su Dios? ¿Uno for­mado por protones, masas y cargas de partículas? ¿Cómo inspira su Dios? ¿Cómo se infiltra en el corazón del hombre y le recuerda que responde ante un poder más grande, que es responsable ante sus se­mejantes? Vetra se había desviado del camino. ¡Su trabajo no era re­ligioso, era sacrílego! El hombre no puede poner la Creación en un tubo de ensayo y mostrarlo al mundo entero. ¡Esto no glorifica a Dios, lo degrada!»

El camarlengo había extendido las manos como garras, y en su voz se revelaba un punto de locura.

«¡Por eso ordenó que asesinaran a Leonardo Vetra!»

«¡ Por la Iglesia! ¡ Por toda la humanidad! ¡ Por la locura de todo ello! El hombre no está preparado para disponer del poder de la

Creación. ¿Dios en un tubo de ensayo? ¿Una gota de líquido capaz de desintegrar una ciudad entera? ¡Era preciso detenerle!»

El camarlengo enmudeció de repente. Desvió la vista hacia el fuego. Daba la impresión de estar repasando sus alternativas.

Las manos de Kohler sujetaron con firmeza la pistola.

«Ha confesado. No tiene escapatoria.»

El camarlengo lanzó una carcajada triste.

«No lo entiende, señor Kohler. Confesar los pecados es la esca­patoria. —Miró hacia la puerta—. Cuando Dios te apoya, cuentas con opciones que ningún otro hombre podría comprender.»

Apenas había terminado de hablar, el camarlengo asió el cuello de la sotana y lo desgarró con violencia, dejando al descubierto el pe­cho desnudo.

«¿Qué está haciendo? —preguntó Kohler, sorprendido.»

El camarlengo no contestó. Retrocedió hacia la chimenea y ex­trajo un objeto de las brasas.

«¡Alto! —ordenó Kohler, apuntando el arma—. ¿Qué está ha­ciendo?»

Cuando el camarlengo se volvió, sostenía un hierro al rojo vivo. El Diamante de los Illuminati. Los ojos del hombre enloquecieron de repente.

«Tenía la intención de hacerlo sin ayuda. —Su voz transmitía una feroz intensidad—. Pero ahora... Veo que Dios quería que usted me acompañara. Usted es mi salvación.»

Antes de que Kohler pudiera reaccionar, el camarlengo cerró los ojos, arqueó la espalda y hundió el hierro al rojo vivo en el centro de su pecho. Su carne siseó.

«¡Santa María! Madre de Dios... ¡Mira a tu hijo!»

Lanzó un grito de dolor.

Kohler apareció en pantalla... Se puso de pie con movimientos torpes, agitando la pistola ante él.

El camarlengo chilló con más fuerza. Arrojó el hierro a los pies del director del CERN. Después, el sacerdote cayó al suelo, retor­ciéndose de dolor.

Los acontecimientos se precipitaron.

La Guardia Suiza irrumpió en la habitación. Se oyeron disparos sucesivos. Kohler se aferró el pecho, saltó hacia atrás cubierto de san­gre y se desplomó en la silla de ruedas.

«¡No!» —gritó Rocher, al tiempo que intentaba impedir que sus guardias dispararan contra Kohler.

El camarlengo, que seguía retorciéndose en el suelo, rodó y le se­ñaló frenéticamente.

«¡Illuminatus!»

«Bastardo —gritó Rocher al tiempo que se precipitaba hacia él—. Inmundo bast...»

Chartrand le abatió de tres balazos. El capitán cayó muerto al suelo.

Después los guardias corrieron hacia el camarlengo herido. Cuando se agacharon, la cámara captó a un aturdido Robert Lang-don, arrodillado junto a la silla de ruedas, examinando el hierro. Lue­go, la imagen se movió violentamente. Kohler había recuperado el sentido y estaba soltando la minicámara del brazo de la silla. Intenta­ba entregársela a Langdon.

«Déselo... —jadeó Kohler—. Dé esto a las tele... visiones.»

Después la pantalla quedó en blanco”….


.:XIII:.El Camarlengo cuando toma el contenedor de la Anti-Materia y se dirige hacia el helicóptero y despega lo hacer solo, pero en el libro Robert Langdon lo acompaña como dice en el capitulo 121

…“—¡Todo el mundo atrás! —gritó el camarlengo mientras co­rría—. ¡Aléjense inmediatamente!

Los Guardias Suizos que rodeaban el helicóptero miraron bo­quiabiertos al sacerdote cuando le vieron llegar.

—¡Atrás! —chilló.

Los guardias retrocedieron.

Mientras el mundo entero miraba asombrado, el camarlengo co­rrió hacia la puerta del piloto y la abrió de un tirón.

—¡Fuera, hijo! ¡Ya!

El guardia saltó.

El camarlengo miró el asiento elevado de la cabina y compren­dió que, en su estado de agotamiento actual, necesitaría ambas manos para izarse. Se volvió hacia el piloto, que temblaba a su lado, y le con­fió el contenedor.

—Sujeta esto. Devuélvemelo cuando esté sentado.

Cuando el camarlengo subió, oyó los gritos de Robert Langdon, que corría hacia el aparato. Ahora comprendes, pensó el sacerdote. ¡Ahora tienes fe!

Ventresca se acomodó en la cabina, movió unos cuantos mandos y se volvió hacia la ventanilla para recuperar el contenedor.

Pero el guardia al que había entregado el contenedor tenía las manos vacías.

—¡Él lo ha cogido! —gritó el guardia.

El corazón del camarlengo dio un vuelco.

—¿Quién?

El guardia señaló.

—¡Él!

♦ ♦

Robert Langdon se quedó sorprendido por el peso del contenedor. Corrió hacia el otro lado del helicóptero y saltó al compartimiento trasero, donde Vittoria y él habían ido sentados tan sólo unas horas antes. Dejó la puerta abierta y se ciñó el cinturón de seguridad. Des­pués, gritó al sacerdote:

—¡Despegue, padre!

El camarlengo torció el cuello en dirección a Langdon, muerto de miedo.

—¿Qué está haciendo?

—¡Usted pilote! ¡Yo la tiraré! —gritó Langdon—. ¡No queda tiempo! ¡Eleve este maldito aparato!

Por un momento, el camarlengo pareció paralizado, mientras los focos de las televisiones se reflejaban contra el parabrisas de la cabi­na y oscurecían las arrugas de su rostro.

—Puedo hacerlo solo —susurró—. Tengo que hacerlo solo.

Langdon no estaba escuchando. ¡Arriba!, se oyó gritar. ¡Ya! ¡He venido a ayudarle! Langdon miró el contenedor y se quedó sin respi­ración cuando vio las cifras que parpadeaban en la pantalla del con­tenedor.

—¡Tres minutos, padre! ¡Tres!

La cifra devolvió la cordura al camarlengo. Sin vacilar, se volvió hacia los controles. El helicóptero se elevó con un rugido.

Langdon, a través de una nube de polvo, vio que Vittoria corría hacia el helicóptero. Sus ojos se encontraron, y después ella se de­rrumbó como un saco”….


.:XIV:.En la película en la escena final se ve a Robert y a Vittoria afuera de una habitación abre la puerta y un soldado lo saluda a ambos y el camarlengo Strauss hace pasa a Robert y le entrega una caja que contiente el libro de Galileo que necesita para terminar la segunda parte de su libro, y le pide que cuando escribar sobre los cardenales será breve y que en el testamento de Robert dispusiera que el manuscristo regresara a vaticano pero en la novela es totalmente diferente el regalo que se le hace a Robert por su ayuda en el capitulo 137.

…”—Soy el teniente Chartrand —se presentó—. Guardia Suizo del Vaticano.

Langdon sabía muy bien quién era.

—¿Cómo..., cómo nos ha encontrado?

—Los vi marchar de la plaza anoche. Los seguí. Menos mal que aún no se han ido.

Langdon experimentó una repentina angustia, y se preguntó si los cardenales habían ordenado a Chartrand que los condujera de vuelta al Vaticano. Al fin y al cabo, ellos dos eran las únicas personas, además del Colegio Cardenalicio, que sabían la verdad. Eran un es­torbo.

—Su Santidad me pidió que les diera esto —dijo Chartrand, y le entregó un sobre cerrado con el sello de lacre del Vaticano. Langdon abrió el sobre y leyó la nota escrita a mano:

Señor Langdon y señorita Vetra:

Aunque mi profundo deseo es solicitar su discreción so­bre los asuntos ocurridos durante las últimas veinticuatro ho­ras, no puedo pedirles más de lo que ya han dado. Por lo tan­to, me retracto con humildad, con la esperanza de que el corazón los guíe en este asunto. Hoy el mundo parece un lu-

gar mejor... Tal vez las preguntas son más poderosas que las respuestas.

Mi puerta siempre estará abierta.

Su Santidad, Saverio Mortati

Langdon leyó el mensaje dos veces. El Colegio Cardenalicio ha­bía elegido a un líder noble y munifícente.

Antes de que Langdon pudiera decir nada, Chartrand sacó un paquete de pequeño tamaño.

—Una muestra de gratitud de Su Santidad.

Langdon cogió el paquete. Era pesado, estaba envuelto en papel marrón.

—En virtud de su decisión —dijo Chartrand—, este objeto salido de la Cámara Papal queda en sus manos como préstamo indefinido. Su Santidad sólo pide que en su testamento asegure que vuelva a casa.

Langdon abrió el paquete y se quedó sin habla. Era la marca. El Diamante de los Illuminati.

Chartrand sonrió.

—La paz sea con usted.

Se volvió para marchar.

—Gracias —consiguió decir Langdon, con las manos temblan­do alrededor del preciado obsequio”…


.:XV:.En la película ahí 4 marcas, tierra (FIRE) agua (Water) aire (AIR) tierra (EARTH) y la quinta marca que son las llaves cruzadas pero en el libro se descubren que son 6 marcas, los cuatros elementos, la palabra iluminati que es la quinta y la sexta marca que es el llamado diamante como lo explica la parte final de capitulo 116.

…”La exclamación que se elevó de la multitud pareció dar la vuelta al mundo y regresar en un solo instante. Las cámaras filmaron, los flashes destellaron. En las pantallas de las televisiones, la imagen del

pecho marcado del camarlengo apareció proyectada con todo detalle. Algunas pantallas congelaron la imagen y le imprimieron un giro de ciento ochenta grados.

La victoria definitiva de los llluminati.

Langdon contempló la marca en las pantallas. Si bien ya la había visto antes, ahora el símbolo adquirió sentido para él. Un sentido per­fecto. El maligno poder de la marca arrolló a Langdon como un tren.

Orientación. Langdon había olvidado la primera regla de la sim-bología. ¿Cuándo un cuadrado no es un cuadrado? También había ol­vidado que los hierros de marcar, al igual que los sellos de goma, nun­ca tenían el mismo aspecto que sus improntas. Estaban al revés. ¡Langdon había estado mirando el negativo de la marca!

A medida que aumentaba el caos, una antigua cita de los lllumi­nati resonó en su mente, con un significado nuevo: «Un diamante sin mácula, nacido de los antiguos elementos con tal perfección que to­dos cuantos lo veían sólo podían mirar embelesados».

Langdon sabía ahora que el mito era cierto.

Tierra, Aire, Fuego, Agua.

El Diamante de los llluminati.”…


















.:XVI:.En la película el final es cuando el nuevo Papa lo están ayudando a coloca su vestimenta ceremonial para salir y saludar por primera vez a los catolicos que estan en la plaza y a todos catolicos de alrededor de mundo que lo estaba viendo por television lo conociera como el nuevo Papa, pero en la novela el final es el que despues de que Camarlengo se quitara la vida Vittoria y Robert se van juntos, casi a final de ultimo capitulo dice.

…“Cuando Robert Langdon volvió al dormitorio, la visión que le espe­raba paralizó sus pies. Vittoria estaba en el balcón, con la espalda apoyada en la barandilla, mirándole con sus ojos penetrantes. Parecía una aparición celestial, una silueta radiante con la luna detrás. Podría haber sido una diosa romana, envuelta en su albornoz blanco, con el cinturón ceñido de forma que acentuaba sus esbeltas curvas. Detrás de ella, una niebla pálida colgaba como un halo sobre la fuente del Tritón de Bernini.

Langdon se sintió ferozmente atraído hacia ella... más que por ninguna otra mujer de su vida. En silencio, dejó el Diamante de los Illuminati y la carta del Papa sobre la mesita de noche. Ya habría tiempo para explicar todo eso más tarde. Se acercó a ella.

Vittoria pareció feliz de verle.

—Estás despierto —dijo en un susurro—. Por fin.

Langdon sonrió.

—El día ha sido largo.

Ella se pasó una mano por su pelo frondoso, y el cuello de la bata se abrió un poco.

—Y ahora... Supongo que quieres tu recompensa.

El comentario tomó desprevenido a Langdon.

—¿Perdón?

—Somos adultos, Robert. Puedes admitirlo. Sientes un deseo. Lo veo en tus ojos. Un ansia carnal profunda. —Sonrió—. Yo tam­bién la siento. Y ese anhelo está a punto de ser satisfecho.

—¿De veras?

Se sintió envalentonado y avanzó un paso hacia ella.

—Por completo. —La joven alzó la carta del servicio de habita­ciones—. He pedido todo lo que tienen.

El festín fue suntuoso. Cenaron juntos a la luz de la luna, sentados en su balcón... saboreando frisée, trufas y risotto. Bebieron vino Dolcet-to y hablaron hasta muy avanzada la noche.

No era preciso ser un experto en símbolos como Langdon para leer las señales que Vittoria le estaba enviando. Durante el postre de crema de moras con savoiardi y romcaffé humeante, Vittoria apretó sus piernas desnudas contra las de él por debajo de la mesa, mientras le asaeteaba con miradas lujuriosas. Daba la impresión de desear que dejara el cuchillo y el tenedor y la levantara en brazos.

Pero Langdon no hizo nada. Siguió comportándose como un perfecto caballero. Dos pueden jugar a este juego, pensó, y disimuló una sonrisa traviesa.

Cuando acabaron con todo, Langdon se retiró al borde de su cama, donde se sentó solo, dando vueltas al Diamante de los Illumi-nati en sus manos, y haciendo repetidos comentarios sobre el milagro de su simetría. Vittoria le miraba, cada vez más confusa y frustrada.

—Encuentras ese ambigrama terriblemente interesante, ¿ver­dad? —preguntó.

Langdon asintió.

—Fascinante.

—¿Dirías que es la cosa más interesante de esta habitación?

Langdon se rascó la cabeza, mientras fingía reflexionar.

—Bien, hay una cosa que me interesa más.

Ella sonrió y avanzó un paso hacia él.

—¿Cuál es?

—Cómo te cargaste una teoría de Einstein utilizando atunes.

Vittoria levantó las manos.

—Dio mio! ¡Basta ya de atunes! No juegues conmigo, te lo ad­vierto.

Langdon sonrió.

—Tal vez en tu siguiente experimento podrías estudiar los len­guados y demostrar que la Tierra es plana.

Vittoria echaba chispas, pero las primeras insinuaciones de una sonrisa exasperada aparecieron en sus labios.

—Para tu información, profesor, mi siguiente experimento hará historia en la ciencia. Pienso demostrar que los neutrinos tienen masa.

—¿Los neutrinos tienen masa? —Langdon la miró estupefac­to—. ¡Ni siquiera sabía que eran católicos!

Ella se lanzó sobre él con un ágil movimiento, y le inmovilizó so­bre la cama.

—Espero que creas en la vida después de la muerte, Robert Langdon.

Vittoria le miró con ojos que despedían un fuego travieso.

—De hecho —dijo él, riendo a carcajadas—, siempre me ha cos­tado imaginar que haya algo después de este mundo.

—¿De veras? ¿Nunca has gozado de una experiencia religiosa? ¿Un momento perfecto de éxtasis glorioso?

Langdon negó con la cabeza.

—No, y dudo muy en serio ser la clase de hombre capaz de tener una experiencia religiosa.

Vittoria se quitó la bata.

—Nunca te has acostado con una maestra de yoga, ¿verdad?”…


Saquen sus propias conclusiones.

viernes, 5 de junio de 2009

Angeles y Demonios: Libro vs Pelicula parte 1

Bueno, ya vi la película Ángeles y Demonios la adaptación de la novela de Dan Brown, y como buena adaptación, eliminaron personajes, cambiaron nombres, adaptaron diagolos de personajes que los decian en la novela y en la película lo dice otro personajes, a continuación les dejo, una seria de consideraciones y puntos clave que debería considerase para saber si debes leer primero el libro o ver la película y luego leer la novela.


.:I:.En la película el vaticano buscar a profesor Robert Langdon, mientras este nadaba, a las 5:00 am pero en la novela es el CERN que llama a Robert Langdon a su casa como se ve en el capitulo 1 de libro:

…“Robert Langdon despertó de su pesadilla sobresaltado. El telé­fono de la mesita de noche estaba sonando. Aturdido, lo descolgó.

—¿Diga?

—Estoy buscando a Robert Langdon —dijo una voz masculina.

Langdon se incorporó en la cama y trató de pensar con claridad.

-—Soy... Robert Langdon.

Consultó el reloj digital. Eran las cinco y dieciocho minutos de la mañana.

—Debo verle cuanto antes.

—¿Quién es usted?

—Me llamo Maximilian Kohler. Soy físico de partículas discon­tinuas.

—¿Cómo? —Langdon era incapaz de concentrarse—. ¿Está se­guro de que soy el Langdon que busca?

—Es usted profesor de iconología religiosa en la Universidad de Harvard. Ha escrito tres libros sobre simbología y...

—¿Sabe qué hora es?

—Le ruego me disculpe. Tengo algo que ha de ver. No puedo hablar de ello por teléfono”…


.:II:.Al principio de la película dar entender que los hechos sucedieron después de los sucesos de Código Da Vinci, y que el Vaticano estar a tanto de la participación de Robert Langdon con esos hechos. En la novela Ángeles y Demonios fue el primer libro que protagonizo Robert Langdon y su secuela es El Codigo Da Vinci y eso puede demostrarse si se leer el capitulo 3 de Codigo Da Vinci:

…”Mientras el Citroën seguía avanzando en dirección sur, apareció a mano derecha el perfil iluminado de la Torre Eiffel, apuntando hacia el cielo. Al verla pensó en Vittoria, y recordó la alocada promesa que se habían hecho hacía un año de encontrarse cada seis meses en algún lugar romántico del planeta. Langdon sospechaba que la Torre Eiffel habría formado parte de aquella lista. Era triste pensar que la última vez que la besó fue en un ruidoso aeropuerto de Roma hacía más de un año”…

Pero mas adelante en el capitulo 6 de El Codigo Da Vinci se encuentra esto:

…”Volvió a pensar en lo cerca que estuvo de la muerte aquel día en Roma. Era el segundo paralelismo de la noche. A la mente le volvió la imagen de Vittoria. Hacía meses que no soñaba con ella. A Langdon le costaba creer que de lo de Roma hiciera sólo un año; parecían décadas. «Otra vida.» Su último contacto por carta había sido en diciembre, cuando le había enviado una postal en la que le decía que se iba al mar de Java a seguir sus investigaciones sobre la teoría de las cuerdas... algo relacionado con el uso de satélites para seguir el rastro de las migraciones de las rayas. Langdon nunca había albergado la esperanza de que una mujer como Vittoria Vetra pudiera ser feliz con él viviendo en la universidad, pero su encuentro en Roma le había despertado un deseo que hasta aquel momento jamás se creyó capaz de sentir. De pronto su pertinaz soltería y las libertades básicas que ésta le permitía parecían haber zozobrado... y haber sido reemplazadas por un vacío inesperado que se había hecho mayor durante el último año”…


.:III:.La película en ambigrama con la palabra Iluminati estar impresa en una hoja de papel pero en la novela el ambigrama Iluminati es la quita marca de hierro y es la primera en hacer su aparicion como se puede leer en el capitulo 1 de Ángeles y Demonios:

…“Llevó el tazón vacío a la cocina y se encaminó pausadamente a su estudio chapado en roble. El fax recién llegado esperaba en la ban­deja. Suspiró, recogió el papel y lo miró.

Al instante, una oleada de náuseas le invadió.

La imagen que mostraba la página era la de un cadáver humano. El cuerpo estaba desnudo, y tenía la cabeza vuelta hacia atrás en un ángulo de ciento ochenta grados. Había una terrible quemadura en el pecho de la víctima. Le habían grabado a fuego una sola palabra. Una palabra que Langdon conocía bien. Muy bien. Contempló las letras con incredulidad






—Illuminati —tartamudeó, con el corazón acelerado. No puede ser...

Lentamente, temeroso de lo que iba a presenciar, Langdon dio la vuelta al fax. Miró la palabra al revés.

Al instante, se quedó sin respiración. Era como si le hubiera al­canzado un rayo. Incapaz de dar crédito a sus ojos, volvió a girar el fax y leyó la palabra en ambos sentidos.

—Illuminati —susurró.

Langdon, estupefacto, se dejó caer en una silla. Poco a poco, sus ojos se desviaron hacia la luz roja parpadeante del fax. Quien había enviado el fax estaba todavía conectado, a la espera de hablar. Lang­don contempló la luz roja parpadeante durante largo rato.

Después, tembloroso, descolgó el auricular”...


.:IV:.La película presenta que el cientifico asesinado es el compañero de laboratorio de Vittoria, y que ella se encontraba en el labotario cuando este fuera asesinado y mutilado pero en la novela el es el padre adoptivo de Vittoria como se puede por primera vez en el capitulo 8 de Angeles y Demonios.

…”—La situación es complicada, señor Langdon.

Langdon sintió una oleada de aprensión. —Pero... ¡alguien más se habrá enterado!

—Sí. La hija adoptiva de Leonardo. También trabaja como físi­ca aquí. Ella y su padre comparten el laboratorio. Son compañeros. La señorita Vetra se ausentó esta semana para llevar a cabo investiga­ciones de campo. Le he comunicado la muerte de su padre, y se halla de camino en este momento”….

Y el capitulo 17 presenta lo siguiente.

…“Muy pocos niños podían decir que recordaban el día que conocieron a su padre, pero Vittoria Vetra era uno de ellos. Tenía ocho años de edad, vivía donde siempre, el Orfanotrofio di Siena, un orfanato cató­lico cerca de Florencia, abandonada por padres que no llegó a cono­cer. Aquel día estaba lloviendo. Las monjas la habían llamado dos ve­ces para que fuera a cenar, pero como siempre, fingió no oírlas. Estaba tumbada en el patio, mirando las gotas de lluvia. Las sentía es­trellarse sobre su cuerpo... Intentaba adivinar dónde caería la si­guiente. Las monjas la llamaron de nuevo, con la amenaza de que la neumonía conseguiría que una niña de una tozudez insufrible sintie­ra mucha menos curiosidad por la naturaleza.

No puedo oíros, pensó Vittoria.

Estaba empapada hasta los huesos cuando el joven sacerdote sa­lió a buscarla. No le conocía. Era nuevo. Vittoria suponía que la aga­rraría y la metería dentro. Pero no fue así. En cambio, ante su asom­bro, se tumbó a su lado, y empapó su hábito en un charco.

—Dicen que haces muchas preguntas —dijo el joven.

Vittoria frunció el ceño.

—¿Es malo preguntar?

El joven rió.

—Supongo que no.

—¿Qué haces aquí?

—Lo mismo que tú, preguntándome por qué cae la lluvia.

—¡No me estoy preguntando por qué cae! ¡Ya lo sé!

El sacerdote la miró estupefacto.

—¿Sí?

—La hermana Francisca dice que las gotas de lluvia son como lá­grimas de ángel que bajan a limpiar nuestros pecados.

—¡Caramba! —exclamó el joven, como asombrado—. Eso lo explica todo.

—¡Pues no! —replicó la niña—. ¡Las gotas de lluvia caen por­que todo cae! ¡Todo cae! ¡No sólo la lluvia!

El sacerdote se rascó la cabeza, con expresión perpleja.

—Tienes razón, jovencita. Todo cae. Debe de ser la gravedad.

—¿La qué?

El joven la miró, estupefacto.

—¿No has oído hablar de la gravedad?

—No.

El sacerdote se encogió de hombros con tristeza.

—Lástima. La gravedad contesta a un montón de preguntas.

Vittoria se incorporó.

—¿Qué es la gravedad? —preguntó—. ¡Dímelo!

El sacerdote le guiñó un ojo.

—Te lo contaré durante la cena.

El joven sacerdote era Leonardo Vetra. Aunque había sido un estudiante de física laureado en la universidad, había oído otra lla­mada e ingresado en el seminario. Leonardo y Vittoria se hicieron excelentes amigos en el mundo solitario de las monjas y sus normas. Vittoria hacía reír a Leonardo, y él la tomó bajo su protección, le en­señó que cosas tan hermosas como los arco iris y los ríos tenían mu­chas explicaciones. Le habló de la luz, los planetas, las estrellas y la naturaleza, a través de los ojos de Dios y de la ciencia al mismo tiempo. La inteligencia y curiosidad innatas de Vittoria la convirtie­ron en una estudiante cautivadora. Leonardo la protegió como a una hija.

Vittoria también era feliz. Nunca había conocido la dicha de te­ner un padre. Si todos los demás adultos contestaban a sus preguntas con una palmada en la muñeca, Leonardo dedicaba horas a enseñar­le libros. Hasta le preguntaba cuáles eran sus ideas. Vittoria rezaba para que Leonardo estuviera siempre con ella. Después, un día, su peor pesadilla se convirtió en realidad. El padre Leonardo le dijo que se iba del orfanato.

—Me traslado a Suiza —dijo Leonardo—. He conseguido una beca para estudiar física en la Universidad de Ginebra.

—¿Física? —exclamó Vittoria—. ¡Pensaba que amabas a Dios!

—Le amo, y mucho. Por eso quiero estudiar Sus divinas reglas. Las leyes de la física son el lienzo que Dios dispuso para pintar en él su obra maestra.

Vittoria se quedó desolada, pero el padre Leonardo era portador de otras noticias. Dijo a Vittoria que había hablado con sus superio­res, y le habían dado permiso para adoptarla.

—¿Te gustaría que te adoptara? —preguntó Leonardo.

—¿Qué significa adoptar? —preguntó Vittoria.

El padre Leonardo se lo dijo.

Vittoria le abrazó durante varios minutos, llorando de alegría.

—¡Oh, sí! ¡Sí!

Leonardo le dijo que debía estar ausente una temporada para instalarse en su nueva casa en Suiza, pero prometió que iría a buscar­la al cabo de seis meses. Fue la espera más larga de la vida de Vittoria, pero Leonardo cumplió su palabra. Cinco días antes de su noveno cumpleaños, Vittoria se mudó a la ciudad del lago Leman. Durante el día asistía a la Escuela Internacional de Ginebra, y por la noche le daba clase su padre.

Tres años después, Leonardo Vetra fue contratado por el CERN. El y Vittoria se trasladaron a un lugar de ensueño, como la joven no había imaginado jamás”….


.:V:.El proyecto de la antimaterial en la película se ver que es un grupo de varias personas trabajando, en el mismo pero en la novela dice otra cosa en la parte final de capitulo 14 y mas adelante en los siguientes capitulos.

…“—Antes de informar a las autoridades —dijo Kohler—, he de saber en qué estabais trabajando vosotros dos. Has de llevarnos a vuestro laboratorio.

—El laboratorio carece de importancia —dijo Vittoria—. Nadie sabía lo que estábamos haciendo mi padre y yo. El experimento no puede estar relacionado con el asesinato de mi padre.

Kohler exhaló un suspiro.

—Las pruebas sugieren lo contrario.

—¿Las pruebas? ¿Qué pruebas?

Langdon se estaba preguntando lo mismo.

Kohler se secó la boca de nuevo.

—Tendrás que confiar en mí.

Estaba claro, a juzgar por la mirada encendida de Vittoria, que no iba a hacerlo”...


.:VI:.La mayoria de la accion se desarrolla en roma y el CERN es apenas apreciado en la película pero en la novela desde el capitulo 1 y hasta el capitulo 30, una buena parte se desarrolla en el CERN


.:VII:.En la película el camarlengo llevar a Robert Langdon a la oficina de Papa y el camarlengo le preguntar a Robert Langdon si creen en Dios, en la novela esta pregunta se la hace Vittoria a Robert en el capitulo 31.

…“Vittoria le estaba observando.

—¿Cree en Dios, señor Langdon?

La pregunta le sorprendió. El tono serio de Vittoria era aún más desarmante que la propia pregunta. ¿Creo en Dios? Había confiado en una conversación más trivial durante el viaje.

Un enigma espiritual, pensó Langdon. Así me llaman mis amigos. Aunque había estudiado religión durante años, Langdon no era un

hombre religioso. Respetaba el poder de la fe, la benevolencia de las iglesias, la fuerza que la religión proporcionaba a tanta gente, y sin embargo, para él, la suspensión de la incredulidad intelectual, obliga­toria para los que deseaban «creer», siempre había constituido un obstáculo demasiado grande para su mente académica.

—Quiero creer —se oyó decir.

La contestación de Vittoria no llevaba implícito ningún juicio o reto.

—¿Y por qué no lo hace?

Langdon lanzó una risita.

—Bien, no es tan fácil. Tener fe exige saltos de fe, aceptación ce­rebral de los milagros, como inmaculadas concepciones e interven­ciones divinas, por ejemplo. Además, existen los códigos de conduc­ta. La Biblia, el Corán, las escrituras budistas... Todos comportan exigencias similares y castigos similares. Afirman que, si no riges tu vida por un código específico, irás al infierno. No imagino a un dios capaz de gobernar de esa manera.

—Espero que no permita a sus estudiantes esquivar preguntas con su misma desfachatez.

El comentario le pilló desprevenido.

—¿Cómo?

—Señor Langdon, no le he preguntado si cree lo que el hombre dice de Dios. Le he preguntado si creía en Dios. Existe una gran di­ferencia. Las Sagradas Escrituras son cuentos... Leyendas e historias de la lucha del hombre por comprender su necesidad de encontrar un significado. No le estoy pidiendo una crítica literaria. Le pregun­to si cree en Dios. Cuando se tumba bajo las estrellas, ¿siente la pre­sencia de la divinidad? ¿Siente en lo más profundo de su ser que está contemplando la obra de la mano de Dios?

Langdon pensó durante un largo momento.

—Me estoy entrometiendo en su intimidad —se disculpó Vittoria.

—No, es que...

—En sus clases, hablará de temas relacionados con la fe.

—Sin parar.

—Y supongo que hará el papel de abogado del diablo. Siempre alimentando el debate”…


.:VIII:.Patrick McKenna es el nombre de Camarlengo en la película mientras que en la Novela es Carlo Ventresca.


Continuara....